i need YOU to believe in ME

23 jul. 2010

La razón y el corazón ♥


Muchos dicen: siente con el corazón, no con la razón.

Claro que la razón no fue echa para sentir, y que el corazón es el lugar más perfecto para guardar todos los sentimientos que uno tiene.

Pero ¿Por qué no dejar que la razón nos lleve al corazón?

Cuando alguien conoce a una persona, si de un momento a otro utiliza el corazón, puede pensar que aquella persona es lo mejor que te puede pasar en la vida.

Pero, tal vez, no sea así, y simplemente caímos en un mundo de fantasías que no durara en llenarse de lágrimas.

En cambio, si es usada la razón, podemos analizar a esa persona para poder ver si es en verdad la correcta.

¿Qué podemos perder? ¿Dos meses de nuestra vida?

¿No seria mejor perder dos meses razonando si esa persona es la ideal y luego ser felices, a que no analicemos nada y luego nos terminen lastimando?

El amor es un sentimiento que nadie es capaz de controlar, es bueno, como también es malo. Cuando sentimos amor, nuestros ojos son vendados y no nos permiten ver la realidad.

Entonces, tomémonos nuestro tiempo para usar la razón y estar seguros de que esa persona es la correcta, y si lo es, entonces seamos felices con la seguridad en nuestras manos.

Y si analizamos, y vemos que nada era lo que parecía, entonces va a doler y la inseguridad se apoderara de nosotros, pero lo bueno es que no va a ser tanto tiempo.

Si sentimos amor sin la razón, nos dejaremos engañar por mucho tiempo, y cuando abramos los ojos para ver lo que en realidad nunca quisimos ver, nos dolerá mucho más.

Aquellos que valoran el sentimiento, el sentir…cuidémoslo y no dejemos que otros se aprovechen de él. Esas personas deben saber que el juego no es lo único que vale la pena en la vida, sino que aquello que puede hacernos felices por siempre, es el amor y el poder compartirlo con la persona ideal.

Como quien lo haya dicho: pensar, luego existir.





Rodriguez Natalia Soledad®

15 jul. 2010

Recuerdos ♥


En la calle solitaria y oscura solo se escuchaba un dulce tarareo. Ella iba relajada, pensando en lo hermosa que había sido esa tarde, en cómo las cosas se habían sucedido con tal facilidad.
La noche era oscura y fría, la luna llena se veía brillar aun cubierta por nubes negras que se movían lentamente al son del viento; las estrellas parecían haberse extinguido por completo, y el cielo simulaba ser una mancha de pintura negra sin secar.
Ella cruzo sus brazos en su pecho, abrazándose. Ya casi llegaba a su casa.
Justo antes de llegar a la esquina, frente a la capilla del pueblo, dos chicos en bicicleta interceptaron su camino.
Su tarareo cesó y su corazón comenzó a latir ferozmente: el miedo la inundaba.
-Dame el celular-le dijo uno de ellos.
La chica agacho la mirada y observo el revólver plateado que apuntaba a su estómago. Se quedo helada.
-¡Dale!-se apresuró el joven ladrón mientras agitaba la pistola que llevaba en su mano-¡te dije que me dieras el celular!
Sus dedos se movieron lentamente hacia el bolsillo trasero de su pantalón y, precavidamente, saco su celular y se lo entrego al chico. Él lo agarro rápido y abruptamente.
-¡Danos plata!-grito el otro chico detrás de ella.
Ante el grito, los pies de la adolescente giraron ligeramente hacia sus espaldas, en donde sus ojos se encontraron con los del otro ladrón, un poco más grande que su compañero.
Él recorrió la figura de ella detenidamente y su mirada se lleno de deseo. Sonrió.
Todo pasó en un segundo. No tuvo tiempo de gritar ni reaccionar: el mayor de los dos varones le puso una de sus manos en la boca y su otro brazo en el estómago, sosteniéndola contra él, obstaculizando el movimiento de sus brazos. Su compañero la tomo de las piernas y juntos irrumpieron contra el portón para entrar en el gran jardín verde que se encontraba al lado de la capilla.
En silencio, amordazaron los labios rojos de la chica y, mientras el más chico vigilaba la entrada del jardín, el otro ladrón bajaba sus pantalones. Ella intento defenderse como pudo, pero todo era en vano. Ante los movimientos de la chica, el joven, cargado de ira, la golpeaba una y otra vez tratando de calmarla. La zamarreo, la mordió, la golpeo, la beso, la toco y seco sus lágrimas.
Cuando todo hubo terminado, él subió sus pantalones y se alejo de la chica, no sin antes propinarle una patada en la cabeza.
Verla era horrible: con la ropa rota y sucia yacía la joven rubia de ojos celestes tirada contra el alambrado, en lo más profundo del jardín. Su cara estaba cubierta de moretones que ya se hacían notar, llenos de sangre. El color de su piel era cada vez más claro y sus cabellos estaban teñidos de rojo y marrón tierra.
Los chicos subieron a su bicicleta y huyeron.


Todos lloraban, vestidos de negro, frente a su ataúd. Su mamá parecía no aceptar el hecho de haber perdido a la hija hermosa que Gabriela había sido. Su papá consolaba a su mujer tratando de, con sus propias palabras, calmar su dolor. Sus primos, tíos, todos presentes, llorando el alma de aquella hermosa chica blanca, víctima de la sociedad, de los errores de la humanidad, del deseo ajeno y egoísmo.
Entre todos, su novio. Sus ojos lloraban dolor e ira al mismo tiempo. Se sentía culpable por no haberla acompañado a su casa esas pocas cuadras. Recordó aquella tarde cuando cumplieron dos años, fueron al cine y comieron. Él la dejo en la estación, a solo dos cuadras de su casa. Su corazón guardaba los recuerdos más hermosos y la imagen de esa mujer preciosa que había sido dueña de su corazón: linda, sin manchas ni moretones, sin golpes; sonriendo al viento. Dolía. Mucho.
Al levantarse todas las mañanas, se quedaba mirando el techo recordando esos dos años juntos y jurando encontrar a esos dos chicos sin corazón que habían acabado con su novia, con su amor…con una vida que no les correspondía, y vengarse. Hacerlos sufrir de la misma manera y luego acabar con sus vidas.
Mantenía el contacto con sus suegros, lloraba y recordaba con ellos, pero no lograba llenar ese vacío. Esa mano entrelazada en la suya que le faltaba, esos besos, caricias, sonrisas…
Un día, de vuelta a su casa, escucho a un grupo de chicos hablando, ocultos en un callejón.
-Entonces la agarre, la apoye contra el pasto y la viole-contaba uno de ellos orgulloso- la deje desmayada.
La ira se apodero de todo su cuerpo y lo único que pudo hacer en ese momento fue acercarse al chico que había pronunciado esas palabras y tirarlo al suelo, ignorando al resto que le gritaba y amenazaba. La adrenalina recorrió sus venas y lo golpeo con todas sus fuerzas. De pronto, sintió un dolor punzante en una de sus piernas y, al bajar la mirada, observo como la sangre manchaba su jean: le habían clavado un cuchillo. Grito del dolor y se sentó, dejando al chico golpeado y tirado. Sus compañeros, asustados, tomaron al violador en sus brazos y se fueron, dejando sangrando a aquel chico vengador y lleno de furia.
Cuando todos desaparecieron, lloro y entendió que no servía de nada. Que ni siquiera sabía si a la que había violado ese chico fue a Gabriela; su amada. Él veía a esos jóvenes como basura, como gente que no le importa el bien de los demás, que ríen solo de cosas insignificantes, pero que no pueden reír porque han vivido un buen momento; porque han tenido una buena vida. Gente que aparenta no estar triste, pero que todas las noches lloran lo que no pudieron sentir. Y llenan ese vacío haciendo el mal en los demás o en ellos mismos con la droga y la cárcel.
Ese vacío que él no podía llenar con nada, ni siquiera golpeando a quien aparentaba ser aquel que había detenido el corazón de su novia. No, porque él había disfrutado demasiados momentos hermosos como para echarlos a perder golpeando a alguien. Porque no quería ser lo mismo que ellos. Y aunque sabía que esa gente merecía sufrir y estar presa, a él no le correspondía: no podía ser dueño de la vida de nadie, de los latidos de nadie.
Los días pasaron y su pierna curo, no sin dejar cicatriz: esa cicatriz que recordaba todo lo que había aprendido. Anuncio a la policía sobre esa banda que se juntaba en aquel callejón y los sacaron a todos. Ahora él entiende el verdadero significado de ser libre y de tener una buena vida. Porque un vacio no significa no seguir adelante. Porque su amada lo habría querido así.
La extraña, si, vive sin ella. Pero su recuerdo es lo más preciado que tiene y nada ni nadie podrá borrar eso de su mente: él amaba ese recuerdo. Él la amaba.